10 de marzo, 2007

Un gran estreno

Medio: EL DIARIO VASCO

Donostia era ayer un hervidero musical. En el puente de la Zurriola se cruzaban los que iban al auditorio con los que acudían al Victoria Eugenia, en un curioso recorrido a modo de pentagrama koxkero. La fiesta se prolongaba dentro del Kursaal , en el que no cabía un alfiler. El encuentro reunía ingredientes más que suficientes para llenar sus 1.800 plazas. Era un espectáculo impulsado por La Salle, se estrenaba una obra y además se iba a poder escuchar al Orféon Donostiarra y a la Coral Andra Mari cantar juntos.

El aire festivo comenzó con la entrega de la partitura por parte de Aragüés al superior general de La Salle, Alvaro Rodríguez, y de sendas esculturas desde la orden al compositor y del diputado general Joxe Joan González de Txabarri a la entidad religiosa. Tras ello, comenzó un concierto integrado en su totalidad por la obra en la que Aragüés ha trabajado casi diez años, una partitura muy coral, orquestada con el oficio que ha demostrado a lo largo de su vida y con el tratamiento melódico y armónico que le caracteriza, es decir, sin asperezas y con gran lirismo.

Se podría afirmar que la partitura que escuchamos ayer en el Kursaal constata el estilo personal de Tomás Aragüés, un artista romántico y un apasionado de las obras sinfónico-corales de hace un siglo. Esa idea impregnó de principio a fin sus Salmos para una sinfonía con una sinceridad apabullante que quedó clara a lo largo de los cuatro movimientos. El primero de ellos, Miserere, fue, quizá en el que se permitió más licencias e imaginación, pero también el más irregular en cuanto a intepretación, con claras imprecisiones rítmicas. El segundo, Quemadmodum desiderat cervus, y el tercero, De profundis, se movieron con soltura entre la delicadeza y la brillantez. El cuarto y último, con un claro protagonismo del órgano de Azcue y de las tubas wagnerianas, resultó muy melódico y, al igual que toda la obra, claramente basado en el contrapunto.

En la lectura que realizaron los casi 250 intérpretes destacó la buena labor de las mujeres del Andra Mari y el Orfeón-parecían una sola por su empaste-, pero también unas evidentes pérdidas de conjunción entre secciones de la orquesta y entre ésta y los coros, lo que no impidió que el público disfrutara con un gran estreno.